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Hablar
de Iron Maiden es definitivamente hablar de una banda que esta en otra
esfera en cuanto a definiciones o clasificaciones. Es por lo mismo que
apenas anunció su venida con esta gira, generó las reacciones
más increíbles e insólitas… desde sueños
que se adelantaban al show, hasta pesadillas en las que la entrada se
perdía o no se podía entrar a presenciar el concierto. Quizá
esto se dé porque representan todo lo que la vida ES, con sus dudas
y temores… locuras, absurdos, terrores, alegrías, etc. Por
lo menos para mi esas horas previas implicaron pocas horas de sueño,
y por más que haya visto varias veces a la banda, la ansiedad y
la ilusión de ver aterrizar ese avión con el logotipo y
Eddie impresos, y sobre todo el prometido concierto invadían mi
mente. En todo momento intenté comportarme como el adulto que supuestamente
soy, y no parecer un “groupie” de esos que a veces uno tanto
critica… hasta que llegó el sábado 8 de marzo. Un
especial y muy grato día de sol fue la tónica de la jornada
después de una imprevista y refrescante lluvia el día anterior.
Bajo esta extraña y a la vez agradable circunstancia del tiempo,
cientos de personas partimos al aeropuerto, y en mi caso particular, en
una supuesta actitud de “solo curiosidad” de ver aterrizar
al simpático avión. Como no sucede con ninguna otra banda,
el aeropuerto se veía absolutamente revolucionado con personas
corriendo por aquí y por allá, preguntando donde se podía
ver aterrizar los aviones. Confundidos todos y sabiendo que la nave aterrizaría
a aproximadamente a las 12: 30, las falsas alarmas aumentaban aún
más la ansiedad, hasta que finalmente casi como un hecho simbólico,
un pequeño punto luminoso desde el norte comenzaba a asomarse.
Mi ansiedad creció, pero a la vez intenté en todo momento
mantener la ecuanimidad, la cual sostuve solo hasta que pude divisar el
logotipo de Iron Maiden y la caricatura de Eddie en pleno vuelo. La extrema
euforia y emoción se hacía sentir con el avión aterrizando,
y por si fuera poco, y como un premio a las incomodidades del lugar, la
nave se estacionó a un costado del aeropuerto a muy pocos metros
de la gente, y para rematar el gran momento, pudiendo ver todos a Bruce
Dickinson saludando y en plena faceta de piloto. Después de haber
presenciado esta escena la palabra increíble queda corta, y mientras
la primera parte del sueño se hacia realidad, la fiesta continuaba
en torno al hotel en donde según palabras de los mismos trabajadores
que por años llevan laborando en ese lugar, no existe ninguna otra
banda o artista que genere tal convulsión y cantidad de personas
apostadas a sus alrededores.
Solo
restaba el día final y más esperado de una fiesta que partió
con el anuncio de la visita de Maiden a fines del año 2007…
era ya el domingo 9 de marzo; una jornada que partió con la ansiedad
de un nudo de corbata en el cuello, pechos apretados y la alegría
que se mezclaban en torno a un concierto que rebasó absolutamente
todas las expectativas de audiencia, y en el que se comprobó que
Maiden es LA BANDA de Rock que mayor euforia genera en nuestro país.
No podemos hablar que la gente comenzó a llegar a tal o cual hora,
cuando ya desde el día anterior habían muchos durmiendo
en la entrada del Estadio. Sin embargo, ni el calor, ni nada impidió
que la gente comenzara a llegar en masa desde muy muy temprano. Apenas
se abrieron las puertas el recinto comenzaba a repletarse poco a poco,
y ya a las 6 de la tarde se podía apreciar la entretenida transversalidad
de personas asistentes. En lo particular me pareció fascinante
poder observar esta gran variedad de asistentes que iban desde mujeres
“estilo ABC1” (jaja) con poleras de Maiden, o el ejecutivo
del mismo estrato socioeconómico que apestado de la rutina se pone
su “camiseta” de la Doncella. Tampoco podían quedar
de lado el metalero caricatura, los “motockeros” tatuados,
y hasta cientos de adolescentes de 13 o 15 años, jóvenes,
adultos, gente mayor, muchos niños y hasta ¡niñitas!
de 5 o 7 años de edad también con sus respectivas poleras
de Maiden y acompañadas por sus familias. Una alucinante fiesta
y comunión de personas que jamás en mi vida había
visto en un concierto en Chile, y vaya que he asistido a bastantes acá
(a los principales por lo menos he asistido prácticamente a todos).
Pasado de las 7 de la tarde fue Lauren Harris la encargada
de abrir la memorable jornada, y lo hizo de la mejor manera… irrumpiendo
y rockeando en el escenario como nadie, con una garra increíble
y tapándole la boca a muchos escépticos. Con una banda sólida,
integrada por los ex Dirty Deeds; Richie Faulkner (guitarra), Randy Gregg
(Bajo), Tom Mc Williams (batería), Lauren Harris con una onda muy
al estilo del rock femenino ochentero tipo Lita Ford o Joan Jett, supo
ganarse el afecto de la audiencia, y hasta sacó una bandera chilena,
con “ceacheí” incluido… dándole al público
de esta manera, un entretenido momento con buenos temas como; ‘Your
Turn’, ‘Let Us Be’ o ‘Steal Your Fire’ que
contaron con la notable participación de la audiencia.
Eran
pasado de las ocho cuando con el sol casi escondido por completo, comenzaban
a escucharse los primeros acordes de ‘Doctor Doctor’, el clásico
tema de UFO que de un tiempo a esta parte sirve para hacer lo últimos
ajustes al sonido e indicar que “El Show” está por
comenzar… seguido de esto y como algo imposible de imaginar, comenzaba
a oírse por primera vez en un escenario de Iron Maiden en Chile
(como intro grabada) la música de la canción Transylvania;
notable corte instrumental del primer álbum de Maiden. Junto con
todo esto se proyectaban en tres pantallas excelentes imágenes
de la banda y del avión llamado “Ed Force One” en su
llegada a distintos países que conformaban la gira hasta ese momento.
La emoción comenzaba a desbordar a todos los asistentes cuando
de pronto y por si fuera poco la mítica Intro con la voz de Winston
Churchill anuncia la inminente entrada de Maiden al escenario. Apoteósico
y emocionante es poco decir, frente al hecho de poder presenciar en vivo
y directo a estos dioses de la música partiendo con Aces High y
con Bruce Dickinson irrumpiendo como un león al acecho sobre el
escenario… su voz como siempre descollante e impecable, más
un espectacular juego de luces y un gran sonido, auguraban que la fiesta
se venía realmente en grande, y si a esto le sumamos la imponente
imagen de Steve Harris saltando al escenario y literalmente ametrallando
con su poderoso bajo frente a nuestros incrédulos ojos, no se podía
hacer más que cuestionarse si la escena era real o solo uno de
los sueños que antecedieron al concierto. La canción siguiente
fue Two Minutes to Midnight y el clásico “Scream for me!!”
por fin tenia el aditivo de “Chile”!!... Janick Gers con una
energía increíble como siempre comenzaba a hacer de las
suyas sobre las tablas, así como Dave Murray con su natural ritmo,
calmo, y amable se complementaban a la sobriedad y maestría de
Adrian Smith y la precisión y fuerza sin igual que imprime el genial
y carismático Nicko McBrain en la batería… ya desde
la partida se apreciaban perfectamente acoplados y sincronizados.
En el tercer corte del concierto, Revelations del álbum Piece of
Mind, las tres guitarras confirmaron gran solidez, mejorando incluso la
versión que estamos acostumbrados a escuchar especialmente a través
del Live Alter Death… ni hablar del feeling que transmite esta canción
interpretada en vivo. Con The Trooper la clásica galopa maideniana
nuevamente hacia saltar a la muchedumbre, y Bruce, esta vez caracterizado
como un soldado inglés antiguo hacia flamear histriónicamente
la “Union Jack”.
Después de esto, Dickinson en su constante preocupación
por ser un nexo genuino con el público, y enterado de todos los
problemas que hubo con la gran demanda de tickets, exigió que para
un próximo show de la banda en Chile, este debería ser en
el Estadio Nacional, apuntando con autoridad con su dedo al viejo y gigante
coloso que se veía pequeño en comparación a lo que
allí estaba sucediendo. Como a propósito de lo dicho por
Dickinson comenzó a sonar la querida y tremenda Wasted Years, canción
del gran álbum Somewhere in Time y que miles habíamos esperado
por años oírla en vivo en nuestro país, mientras
tanto, muchas miradas se dirigían hacia Adrian Smith (compositor
del tema) quien como siempre con su sobriedad y elegancia hacia de las
suyas, mientras la algarabía y el coro del publico se hacia sentir
con fuerza.
De inmediato la Intro del súper clásico e irónico
The Number of The Beast comenzó a sonar, y fue toda una rareza
oírla en medio del set list, lo cual confieso me agradó
bastante, ya que salió del típico molde de ir al final.
La fiesta continuó con la prendida y coreada Can I Play With Madness
que como siempre hizo saltar a todo el público. Seguido de esto,
otro momento realmente notable e histórico se vendría…
nuevamente las palabras de Bruce Dickinson, esta vez haciendo el nexo
entre el Cóndor de Los Andes y el Albatros, servirían para
comenzar con The Rime of The Ancient Mariner, que tal como dijo Carlos
Costas en la notable transmisión en Directo que hizo Radio Futuro
para todo el país, era para escuchar de rodillas. Fue una interpretación
realmente magistral, y ese grito gutural de Dickinson (vestido esta vez
con harapos como sacados de un viejo barco hundido en el mar) en la segunda
parte de la canción, llevó este concierto a otra dimensión…
definitivamente para no creer.
La
pregunta del por que somos esclavos del PODER DE LA MUERTE se hizo sentir
con fuerza descomunal en Powerslave en una interpretación que incluyó
el sonido de sutiles sintetizadores de fondo lo cual le dio al tema un
aura simplemente fascinante. Imposible dejar de lado la maestría
y precisión de Nicko Mc Brain que sin hacer alardes de ningún
tipo sabe hacer de la batería un arte preciso al servicio de los
demás músicos que lo acompañan.
Por si esto fuera poco, nuevamente el sonido de los sintetizadores comandados
desde el backstage por Michael Kenney, anuncian que el himno Heaven Can
Wait se vendría con todo. Como es ya tradicional en esta canción
un grupo de fans sube al escenario para corear la canción y algo
muy curioso y comprensible, a la vez, se dio… y esto fue que una
vez terminado el coro, los fans no querían irse del escenario produciéndose
un divertido correteo, el cual de todos modos concluyó rápidamente.
Después, una carta segura de participación del público
se vendría con el gran clásico Run To The Hills que al igual
que la canción siguiente; Fear of The Dark siguió prolongando
el canto de la asistencia. Esta última canción si bien es
la única que escapa a la época en la cual se centró
la gira, la sola respuesta del publico indicó el por que está
incluida. En este tema podía apreciarse a un Janick Gers aún
mucho más movedizo y entregado ya que después de todo es
LA canción de la gira que más claramente lo identifica como
el gran integrante de Iron Maiden que es.
Llegó finalmente el turno de la única
canción que nunca ha faltado en un show en vivo de la banda, y
como no, si es un emblema alegre que lleva el nombre de la banda; Iron
Maiden. El momento preciso para que el “Cyborg Eddie” hiciera
su notable aparición, y Bruce Dickinson comenzar a agradecer y
despedirse del público chileno.
Después
de una pausa y los vítores del público pidiendo la vuelta
de la banda al escenario, Maiden regresa para que Bruce Dickinson presente
a cada uno de los integrantes de la banda. Además de anunciar nuevamente
algo bastante impensado como seria el pronto regreso del grupo (2009!?).
Seguido, con la guitarra electroacústica Ovation de Dave Murray
intentaron comenzar la Intro del primer corte del álbum Seventh
Son of a Seventh Son… la grandiosa Moonchild, pero un desajuste
técnico de acoplamiento hizo que el instrumento fuera finalmente
descartado después de dos intentos… pero con una calma y
profesionalismo a toda prueba, el maestro Bruce Dickinson supo salir del
embrollo con su clásica ironía y una frase que ya quedó
para el bronce y el anecdotario de los conciertos de Maiden en Chile;
“aaaaaaaaah... the guitar of the beast!!”. Finalmente Dickinson
comenzó “a capella” con la Intro; “Seven deadly
sins, seven ways to win, seven holy paths to hell and your trip begins,
seven downward slopes, seven bloodied hopes, seven are you burning fires,
seven your desires…” y la algarabía que se desató
en la Pista Atlética del Nacional. De pronto y para ir cerrando
la apoteósica fiesta, comienza a oírse el penetrante bajo
de Steve Harris, que indica que es el turno de deleitarse con la magnifica
The Clairvoyant, otro grandioso tema del álbum Seventh Son of a
Seventh Son que hizo saltar a los 30 mil asistentes.
Pero faltaba el broche de oro, y que más perfecto que una impecable
interpretación de Hallowed Be Thy Name, que ya desde los primeros
campanazos de la muerte indicaban el comienzo de un gran e inolvidable
final… y era solo cosa de mirar el recinto con todas las manos en
alto para darse cuenta de la pasión que el público chileno
siente por Iron Maiden. En resumen, un concierto absolutamente redondo
y rayano en la perfección no tan solo por la impecabilidad técnica
de sus músicos y la extraordinaria, inigualable e insuperable calidad
y carisma de cada uno de sus músicos, sino además por el
conjunto de muchos aspectos que sin duda alguna confluyeron para convertir
a esta jornada mágica, en una de las más memorables en la
historia de los conciertos en Chile, sino la más… Up The
Irons!
Por Claudio Matta J.
Fotos: Rockaxis/El Mercurio
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